El país vive una ola de violencia sin precedentes. 2025 será el año más violento de nuestra historia, batiendo el récord de 2023. Los datos tumban el relato gobiernista de que Daniel Noboa está luchando contra la inseguridad. El Plan Fénix nunca existió.

El país ya tiene algo claro: Daniel Noboa fracasó en su lucha contra la inseguridad. Así lo revelan los últimos datos que surgen al concluir el año.
Noboa superó a su antecesor, Guillermo Lasso, quien hizo de 2023 el año más violento de la historia ecuatoriana. Ese vergonzoso sitial lo ocupará 2025 ya que las proyecciones matemáticas auguran 9.000 asesinato este año.
Ecuador es el país más peligroso de Sudamérica y el sexto a nivel mundial. Solo lo superan Palestina, Myanmar, Siria, México y Nigeria. Por debajo de Ecuador están Haití, Sudán y hasta Ucrania.
Es decir, es más peligroso pasear por Guayaquil que vivir en un país en guerra contra Rusia, como lo es Ucrania. Da más miedo caminar por Durán que por Puerto Príncipe.
Estas estadísticas tumban el relato oficial que dibujaban a Noboa como “hombre fuerte y de mano dura” contra la delincuencia.
Y Noboa lo ha tenido todo: dinero a raudales producto del incremento del IVA, mayoría en la Asamblea que le aprobó todo, aun cuando lo aprobado era inconstitucional y respaldo de Estados Unidos.
Nada de eso ha servido. La crisis de seguridad no solo que se mantiene, sino que se agrava.
¿Qué ha hecho Noboa? A construido una cárcel, a medio terminar, que utilizó como show político. Y este año recapturó a tres capos que este mismo gobierno se le fugaron: Fito, Fede y Pipo.
Pero estas tres capturas no significan una mejorar de la situación en las calles. Y eso ocurre porque no se ataca el problema central. Por los puertos ecuatorianos la cocaína fluye libremente dejando un rastro de sangre por todo el país.
Las cárceles funcionan como santuarios del crimen organizado donde se planifican asesinatos y extorsiones.
Mientras la fuerza pública no recupere el control de estos lugares, las bandas del narcotráfico seguirán dominando el territorio.
A eso se suma que las UPCs siguen abandonadas, lo que en la práctica significa el retiro del Estado del territorio. Ese vacío es ocupado por los delincuentes.
Además, la inversión social es nula. Prácticamente se desmanteló la salud pública y las escuelas fiscales son engullidas por el abandono. No hay empleo, ni cupos en las universidades estatales.
Frente a este desastre Noboa reacciona por dos lados. Primero ratifica al equipo causante de esta debacle: los ministros del Interior, John Reimberg y de Defensa, Gean Carlo Lofredo.
Junto a ellos dos, insiste en un relato cínico: que el aumento de asesinatos es producto de la lucha del Gobierno contra las bandas y que la mayoría de las víctimas son delincuentes.
Esta última versión es abiertamente falsa. La mayor parte de muertos no tienen antecedentes penales.
Lo cierto es que Noboa no combate la inseguridad no por ineficiencia, sino por falta de voluntad política. Él y su familia nunca han sentido miedo caminando por las calles del país.
Además, que hay una triste realidad. La oligarquía ecuatoriana está cómoda ante al baño de sangre. No sienten la inseguridad y las exportaciones van viento en popa, contaminadas con droga, pero eso no les importa a ella.
Y los bancos siguen en auge, reportando ganancias extraordinarias. En Guayaquil y Quito se construyen edificios que estarán vacíos, pero con todos los departamentos vacíos.
El dinero del narco lo inunda todo y mientras este vaya a la oligarquía, ellos no se opondrán. Todo apunta a que 2026 será peor.
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